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El Timbó
Jueves, 11 de agosto de 2011
El Timbó



 

En pleno corazón de la selva del noreste argentino y la paraguaya, se alza gallardamente la copa del timbó, ese árbol que todas las primaveras ofrece su fruto de color negro, curiosamente parecido a la oreja humana. Acerca de él, los guaraníes narraban una conmovedora historia, símbolo del amor paternal.
Tacuareé era su nombre, melodioso y entrañable como su belleza; era la hija de Saguaá, un cacique indio, alto, musculoso, de melena tirando a gris y de plumas rojas bajo la vincha, que extendía su poderío por las selvas guaraníes y cuyo amor por su pequeña era tal, que se desvivía día y noche por satisfacer cada uno de sus deseos.
La hermosa indiecita crecía en gracia e inteligencia... llegado los 15 años se había enamorado perdidamente y como por las leyes indígenas no podían unirse en m matrimonio, se unieron ellos por voluntad de amor ante el máximo sacerdote de sus creencia  primitivas, que era el Sol. Pero una gran tristeza le oprimía el corazón: su amado era un guerrero de una tribu lejana, enemiga a la de su padre. Fue entonces cuando Tacuareé tuvo que decidir, y así lo hizo: seguiría a su guerrero. Pero, sintiéndose incapaz de enfrentar el dolor que iba a causar a Saguaá, convino con su amado que partirían sin avisarle. La desesperación envolvió con un manto gris al atormentado cacique, quien tras descubrir la ausencia de su hija, se internó en la selva cegado por la angustia, llorando y gritando el nombre de Tacuareé. En su busca cruzaron bosques, ríos, arroyos, escalaron serranías, andando durante meses bajo las lunas blancas. Pero llegó el invierno, y los guerreros creyendo que el cacique había enloquecido de dolor y creyendo a la vez que la princesa no iba a ser hallada, lo abandonaron.

El cacique continuó la búsqueda el solo; pero ya no era el jefe, el tubichá, quien lo sostenía en su intento, sino su amor de padre. De tiempo en tiempo se detenía y apoyaba una de sus orejas en la tierra, siempre en la esperanza de oír, a lo lejos las pisadas de la princesa buscada. Así pasó el invierno. Al llegar la primavera, los guerreros partieron en busca del cacique y luego de mucho andar lo hallaron muerto. Al intentar levantarlo, notaron que una de sus orejas estaba unida a la tierra como con raíces. Con cuidadoso esfuerzo lo levantaron, pero la oreja quedó unida al suelo. Y de esa oreja nació una plantita que fue creciendo y creciendo hasta convertirse en un grande y hermoso árbol al que pusieron nombre de Timbó; y ese árbol tiene las semillas con la forma de la oreja humana de color oscuro, como fue la oreja del viejo indio, que murió pegada a su cabeza a la tierra en la esperanza de oír los pasos de la hija que volvía.
Con esta historia, un poco triste, pero llena de poesía, los indios guaraníes explicaban el origen de ese árbol misterioso al que llamaron cambá nambí, que significa oreja negra y que también se conoce con el nombre de timbó.




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