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“La poesía y yo somos amantes”
Viernes, 16 de julio de 2010
“La poesía y yo somos amantes”


"CACHO" GONZALEZ VEDOYA, MAESTRO DE PROFESION, POETA DE ALMA
La pasión por escribir la heredó de su papá cuando era un niño y nunca más la abandonó. Le dedica versos al río, a los árboles, a los hombres y al amor. Grandes músicos correntinos como Pocho Roch, Mateo Villalba y Mario Bofill le pusieron acordes a sus versos y los convirtieron en clásicos del cancionero nacional.

En su escritorio. Ahí, con un papel sobre la mesa y un lápiz en la mano derecha, Cacho escribió poesías que más tarde se convertirían en canción.
Juan Genaro "Cacho" Gonzalez Vedoya nació en la ciudad de Corrientes en 1940 y de niño vivió en Itatí, donde comenzó a escribir sus primeros versos. Trabajó como maestro en una escuela rural y también como electricista. Pero la poesía fue su compañera de toda la vida. Pensando en ella escribió versos que se convirtieron en famosos chamamés, como “Por Santa Rosa me voy al río” o “Nati campanero”.
Por su trayectoria y por su gran trabajo como escritor, Cacho recibió numerosos premios. En 2001 fue el ganador, de entre más de 3500 participantes, de un concurso de letras de tango. En 2006 el volumen 4 de la colección “Memoria de Chamamé” estuvo dedicado a su poesía. En ese disco, Marcelo Gatti y Daniel Osuna interpretaron algunas de sus canciones. El 23 de junio pasado, en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, la Academia del Folklore de la República Argentina le entregó un “Reconocimiento a la Trayectoria”.
El Litoral se entrevistó con él para repasar su historia, su presente y su futuro. La charla transcurre en su casa, similar a cualquier otra. Lo que la distingue –casualmente- es quien habita en ella.
Ladrillos vistos, pequeño patio en el frente, caminito, plantas y un lugar lo suficientemente grande como para guardar el auto.
Quizás por la resaca el Mundial, quizás por el Bicentenario, una bandera argentina cuelga del techo de la galería. La puerta del costado está abierta. Detrás de ella, una pequeña habitación. Chica, pero llena de algo que no se sabe bien qué es y que invita a quedarse. Allí se instala. Tres sillones, un escritorio, fotos, una computadora, casetes, cuadritos con reconocimientos para él y, sobre todo, muchos libros. De todos los tamaños y en todas partes.
Quizás de esos libros aprendió algunas de las palabras que vuelca en sus versos. Quizás no. Pero lo cierto es que Cacho lleva la poesía en su sangre; con ella nació, con ella vive, y con ella se irá.
Sentado en uno de los sillones comienza a contar una historia que tiene cuatro protagonistas: un lápiz, un papel, un hombre canoso y el corazón.

¿Desde cuándo y por qué comenzó a escribir?
Yo empecé a escribir desde muy chico. Fue mi papá el que me transmitió el gusto por la poesía. Él fue mi primer gran héroe y yo quería imitarlo, quería hacer todo lo que él hacía. Él era maestro, todos en mi familia eran maestros. En esa época se pensaba que el maestro tenía que escribir poesía. Mi papá quizás no se dio cuenta, pero gracias a él yo comencé a escribir. Ahí descubrí que mi vocación era esto.
Nunca me animé a mostrarle ninguna poesía a mi papá porque él era muy crítico, era muy estricto conmigo. A mi me daba vergüenza lo que podía llegar a decirme. En aquel entonces yo pensaba que lo que escribía era poesía, pero hoy se que no lo era.

Cuando comenzó a escribir vivía en Itatí... ¿Ese pueblo fue importante para su poesía?
Yo de Itatí saqué todo, fue una gran fuente de inspiración. Cuando uno escribe lo más importante es decir la verdad, decir lo que uno siente. Porque sino la poesía es falsa y no le llega a la gente. En Itatí encontré muchas historias que después volqué en mis poesías. Mi pueblo parecía el de los cuentos que se relatan en los actos de los 25 de Mayo; estaba el velero, el aguatero, el campanero. Todo eso contaba yo en mis poesías.

¿Sobre qué escribe?
Sobre todo. Pero hay tres cosas que me inspiran mucho. El río, los árboles y los hombres. Y el amor, por supuesto. Para mí el río y el árbol no son simples elementos de un paisaje, para mi ellos están llenos de vida. Ellos hablan un idioma particular, distinto al nuestro, no tienen palabras. Lo que yo intento hacer es comprenderlo y volcarlo a la poesía.

¿Qué es lo que más le gusta de escribir?
Es una sensación difícil de explicar con palabras. Yo siento que con la poesía puedo ir a lugares muy lejanos pero a la vez quedarme cerca. A veces siento que no soy yo el que escribe, que es otro el que toma mi mano y empieza a escribir por mí. Por ejemplo, cuando escribí "Por Santa Rosa me voy al Río" lo hice de una sola vez y sin errores. Ese no podía ser yo, tenía que ser otro. Pero lo que intento a través de la poesía es trascender. Dejarle algo a los otros para que quede cuando yo ya no esté. Creo que todo ser humano busca trascender. Por eso tenemos hijos. Todos los que somos padres disfrutamos de nuestros hijos. Yo, además, disfruto de la poesía.
Cuando termino de escribir y miro lo que hice, siento que mi necesidad está saciada. Es como cuando uno tiene mucha sed y toma un vaso de agua. Eso siento.

¿Y qué es lo más complicado a la hora de tomar papel y lápiz?
El trabajo del poeta es un trabajo complicado; tiene que saber escribir corto. No quiero decir síntesis apretada, porque sería redundante, pero más o menos de eso se trata. Tiene que lograr contar toda una historia en unas pocas líneas. Hay que saber elegir bien las palabras. El poeta tiene que ser como un soldado y estar siempre en guardia, mirando las cosas más simples, los detalles, para poder transmitirlos con la poesía. Otra cosa complicada es lograr que los versos rimen, que tengan la misma cantidad de sílabas. Y cuando uno escribe para una canción, hay que tener cuidado con la acentuación, porque cada ritmo tiene sus propias características. Por ejemplo, en la chacarera los acentos se cambian de lugar, pero eso en el chamamé es imperdonable.
Hay otra cuestión que me hace más difícil la tarea de escribir, pero esto es algo personal. Cuando yo era chico escribía con la zurda, y en la escuela me obligaron a escribir con la mano derecha. Con el tiempo me acostumbré y nunca más escribí con la izquierda. Pero mi caligrafía se entiende muy poco, a veces ni yo entiendo lo que escribo, y eso se vuelve un problema.
¿Usted escribe todo el tiempo o sólo de vez en cuando?
Yo soy muy haragán. No escribo todo el tiempo. Tengo un amigo que es un gran poeta y él tiene horarios. Todos los días a una hora determinada lee, otra hora se dedica a escribir. Tiene todo organizado. Yo, en cambio, escribo cuando me viene la inspiración. A veces estoy acostado y me acuerdo de algo que ocurrió en el día y no puedo dormir más. Me levanto, voy al escritorio y lo escribo. Así estoy hasta a la madrugada, o no. En mi casa me conocen, y me respetan. A este amigo siempre le digo que él se casó con la poesía; ella y yo, en cambio, somos amantes. Nos encontramos ocasionalmente y sin horarios.

Fuente: El Litoral



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