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Torrodolfi
Miércoles, 22 de junio de 2011
Torrodolfi



Corría el año ‘82 cuando conocí a Rodolfo Regúnaga, “Techi”, según otros, y “Torrodolfi”, para nosotros. Hacía muy poco que se había incorporado a las filas de Antonio Tarragó Ros y había sido antes baterista, cantante y compositor del grupo Mantra, que marcó toda una época dentro del pop de entonces.
“Recuérdame desde el primer momento” sonaba en nuestras guitarras preadolescentes, que se debatían entre “la música moderna” y el chamamé. Aún recuerdo su imagen probando sonido en el Club Social de Curuzú Cuatiá y nosotros espiando para verlos.
Con Rodolfo, fuimos luego ya en mi residencia en Buenos Aires; compañeros durante años trabajando junto a Antonio Tarragó Ros, además de Ángel Dávila, Tapón García o el Negro Pocho Ponce. En esos años, Antonio y ellos revolucionaron el ambiente musical argentino con propuestas nuevas y tuve la enorme fortuna de formar parte del grupo de trabajo. Volviendo a Rodolfito, llegamos a ser, además de compañeros de trabajo, compañero de habitación en las giras; y fue amigo y consejero con sus treinta y pico para mis diecinueve.
Todavía los de mi generación alucinábamos con lo que supuso entonces “Yo voy mariscando”, las viejas canciones de Antonio remasterizadas con su voz, “La vida y la libertad”, “El río vuelve”, “Voy de tu mano”, “El cielo del albañil”, “Marra” y tantos títulos que quedaran en la memoria colectiva.
Con Rodolfo pude hablar de todo, de tonterías, de política, de cosas personales; y siempre ha sido un buen compañero y sobre todo ¡nos hemos reído mucho!, cosa que forma parte de las más importantes del ser humano y que dejan clara su posición frente a la vida y su inteligencia.
Torrodolfi partió muy pronto. Y duele. Hemos muerto un tanto con él los que lo hemos querido y hemos ejercido ese amor con él. La última vez que actué en Argentina, vino al concierto de la Casa de Corrientes e incluso cantó. En un momento fuimos varios en el escenario, Roberto, Waly, Carozo, Aldy, Goyo, él y yo; todos de Curuzú, además. Bajamos eufóricos, nos reímos, recordamos anécdotas, nos dimos un abrazo y se fue. Fue la última vez que lo vi.
Para mí, fue un orgullo que viniera y verle y darme cuenta una vez más de lo que le quería.
Rodolfo nos deja el hueco, el agujero ese del alma que hay que ir llenando con lo mejor que podamos guardar; y nos deja el aporte fundamental de su voz, desde “Mantra”, pasando por la “Cantata a José Francisco”, canción nueva hasta su época con Antonio Tarragó Ros, además de 2 CD en solitario.
Mucho aprendí de él. La amistad, noches de guitarreadas en las que uno se conoce más que en varios años. Me cuesta decirle adiós y entiendo entonces que sólo a ido a tomarse algo con Kutú o Horacio Gerlo y que ya va a venir un día.
Mientras tanto, quedará sonando su voz que ha entrado como una flor perfumada, como un río, a través de los oídos hasta el corazón de su pueblo...



Yayo Cáceres - Madrid, 2006
Fuente: Diario "La República"