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Chamamé para la vida
Miércoles, 25 de mayo de 2011
Chamamé para la vida



Por Alejandro Mauriño
Antonio Tarragó Ros comentó, no sin cierta tristeza, al llegar días atrás a nuestra capital, que al recorrer el dial de las emisoras FM y AM no logró sintonizar ni siquiera un chamamé.
Si bien la afirmación es certera, persiste aún en importantes sectores de la población, el espíritu provincial que entroniza el folklore regional en el centro de sus afectos cotidianos.
Los importantes contingentes de entusiastas que poblaron las tribunas del anfiteatro Cocomarola son una muestra más de que, a pesar de todo el deterioro sufrido en los últimos años, el chamamé sigue latiendo.
Tanto el chamamé maceta como el chamamé llorón; el ritmo serenatero del viejo Tarragó como el floreo elegante de Montiel; los fuegos artificiales de Barboza como las innovaciones de Tarragocito; y, dentro del ritmo regional que incita al zarandeo y al zapateo de las parejas, también la antigua polka correntina, el chotis, el valseado, el rasguido doble, la charanda y la chamarrita.
Una familia nacida, como los mismos argentinos, de innumerables cruces de músicas y culturas que, en Corrientes, dieron en llamarse chamamé.
La historia reciente
Hasta 1970 -aproximadamente, se entiende- en la periferia capitalina se bailaba chamamé en pistas y bailantas populares. (Aún queda en la memoria de los que pasamos los cincuenta, la famosa pista "Las dos rosas"). Ocasionalmente se tocaba una cumbia, o un tema heredero de la famosa "Nueva ola" aparecida en los 60.
Pero con una velocidad inusitada, los ritmos cumbieros locales (una degradación musical del folklore colombiano) coparon clubes y bailantas desplazando violentamente al chamamé. Negarlo, como algunos folklorófilos intentan, es una necedad.
En los últimos treinta y tantos años, primero en la capital y progresivamente en el interior, nuestro folklore dejó de bailarse y entró a ser popular una cumbia chirle y elemental, con un mensaje muchas veces violento y basto.
Quien esto escribe conversó en numerosas ocasiones con decenas de habitantes de la capital de nivel cultural bajo, sólo de escuela primaria o secundaria incompleta, las que informaron que el único ritmo que bailaron en su vida es la cumbia, y que de chamamé no saben nada.
Aunque la afirmación parece temeraria y quizás alarme a muchos cultores de nuestra música, el dato es exacto.
Las razones de este desplazamiento son muchas, pero no hay que olvidar cierta sacralización del chamamé por parte de autores, periodistas y músicos que combatieron denodadamente a los temas humorísticos (suprimiendo todo aquello que se pareciera a Mario Millán Medina), incorporando al mismo tiempo una solemnidad acartonada que sólo contribuyó a la huida de los sectores populares.
Pasó aproximadamente lo que le ocurrió al tango: nacido en los prostíbulos suburbanos, bailado por los marginados y humildes, pasó luego a los grandes salones y se refugió finalmente en elites culturales y circuitos turísticos donde sigue vivo y feliz, pero sólo para algunos.
Festivales que reviven nuestra historia
Es obvio que en peñas, clubes folklóricos, teatros, fiestas patrias, programas radiales matutinos y disquerías, el chamamé nunca dejó de estar. Cierto sector cultural de la sociedad correntina lo mantiene, incluso, como una bandera identificatoria que triunfa cuando gloriosamente se lo toca, canta, recita o baila fuera de los límites provinciales.
El festival más antiguo y genuino, el de la mítica Mburucuya, lo disfruta cada año durante tres días continuados de programación, más las gloriosas serenatas, beberajes inolvidables y ruedas espontáneas en cuanto boliche o despacho de bebidas aparezca. Más de treinta años continuados de realización lo certifican.
Volviendo al parangón con el folklore mayor de la nación -el tango-, podría decirse que hoy por hoy nuestro chamamé se encuentra en los grandes salones y que, todavía, tiene voz y voto en nuestra música.
A ello contribuye decididamente la materialización, cada diciembre, del Festival Nacional que se lleva a cabo en el escenario del anfiteatro de la avenida Patagonia. Mal, regular o muy bien, como puede calificarse a la edición número catorce, la realización de la fiesta mayor es la columna principal para la supervivencia y eventual renacer local de nuestro más genuino ritmo popular.
Si hoy recorremos las graderías del Cocomarola, veremos que aquellos bailarines espontáneos, humildes o villeros de "Las dos rosas" brillan por su ausencia. Es otra la gente que aplaude a Juancito Guenaga o se emociona con la mitológica Ramona Galarza.
Los sapukay suenan igual, pero las gargantas no son las mismas.
El festival nacional se convierte así en un imperativo provincial, casi en una proyección de la política de estado, del mismo modo en que debe planificarse la actividad agropecuaria o la radicación industrial para fomentar el bien común.
Tiene que volver el chamamé divertido, osado o jocoso; tiene que renacer la picaresca perdida, la chanza veloz, la ironía festiva. No puede elegirse sólo a un tipo de chamamé en desmedro de otro.
No puede fructificar un chamamé amputado. No puede negarse a los ritmos hermanos, o primos, como la más antigua polka correntina o los siempre vigentes valseados y rasguidos dobles.
Hacer música, cualquier música, es una tarea de creación permanente que no puede estar sujeta a prohibiciones o dogmas estúpidos. Cualquier instrumento puede ser bueno; cualquier técnica de sonido; cualquier idioma y cualquier arreglo, siempre y cuando se apunte a la excelencia, al sentido común.
No necesariamente debe cantarse el chamamé en guaraní o en castellano; también se lo hace, y muy bien, en portugués. No es preciso limitarse a los instrumentos clásicos; también escuchamos versiones excelentes con percusión, saxo o trombón.
La música, como el idioma, como la literatura, es una cosa viva y dinámica, de constante movimiento y evolución. Y el chamamé, como alma de nuestro cuerpo provincial, no escapa a esas reglas de oro.