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Olegario Alvarez “El Gaucho Lega”
Jueves, 28 de abril de 2011
Olegario Alvarez “El Gaucho Lega”

Otro personaje mucho más mitológico tal vez, sobre todo por que en sus tierras la gente es mucho más creyente de leyendas urbanas y demás historias. Por lo cual en las historias que se contaban del “Gaucho Lega” hasta se l orelacionaba con animales, agrandando aún más su figura. En su ciudad, Saladas (Pcia. de Corrientes), el día 2 de noviembre se celebra el día de los muertos en su recuerdo

El gaucho Olegario Alvarez, conocido como "Gaucho Lega", nació en Saladas en 1871. Preso y condenado por asesinato, logra evadirse de la Penitenciaria de la capital correntina en 1904. A partir de allí, integró una gavilla de matreros famosos en la región , junto al mentado Aparico Altamirano (otro "santo".

Convertido en gaucho matrero desde su temprana juventud, Olegario álvarez cosechó amores y odios.



La escritora Silvia Miguens narra la vida de este hombre que transitó un camino de rebeldía, signado por la violencia, y se hizo leyenda al amparo de la mitología correntina.

Cuando Nicolás Toledo y Paulina Álvarez engendraron a su hijo, el aire andaba enrarecido por el polvo que alzaban las tropas de Argentina, de Brasil y de Uruguay, que cabalgaban por los alrededores de Saladas, a 100 kilómetros de Mburucuyá, para embestir a las de Paraguay, durante la Guerra de la Triple Alianza. Nueve meses más tarde, corriendo ya el año 1871, el primer encantamiento de Olegario fueron los ojos de su madre. Tal vez por aquella primaria visión del mundo siempre se dio a conocer con el apellido materno, o puede que Nicolás Toledo no fuera más que uno de esos hombres de a caballo que van de paso. Para cuando Olegario nació, el aire no estaba enrarecido por las tropelías de las milicias. Inspiró profundo una oleada de heroísmo de esa tierra de héroes, y no sólo de los héroes que deambulaban por la zona, pues también en Saladas había nacido el sargento Cabral, que en el combate de San Lorenzo salvó de la muerte al general San Martín, otro correntino de ley.

Muchos niños, igual que Olegario, fueron forjados por las narraciones de sus mayores, susurradas en torno al fogón de las mateadas nocturnas. Acunado por mitos y leyendas, a la vera de los espíritus errantes y de los entreveros con las tropas de Rosas, nació y creció Olegario Álvarez, quien muy pronto, en su juventud, se convirtió en el Gaucho Lega, o Leguita. Imposible permanecer ajeno a ese caudillismo que convertía al entorno en un corral de riñas. Inquinas y resquemores eran parte del paisaje. La traición, la crueldad, los muertos devenidos en semidioses, mártires o delincuentes, según la corriente o la necesidad política. Muy de cerca le tocó ver un alzamiento en que la represión y el castigo fueron utilizados como escarmiento, la Matanza de Saladas, en octubre de 1891, que culminó poco después cuando, con el fin de conciliar la paz, se decretó una amnistía. Por esos días Lega tenía 18 años, y supo de inmediato de qué manera el grupo político vencido pasaba de la amnistía al degüello. Y del degüello al mito. Al año de la matanza era sargento de policía, y pertenecía al Partido Colorado.

Olegario fue parte de esa clase social marginada y pueblerina, de activos militantes políticos que se ganaban continuas persecuciones que terminaban llevándolos al pillaje, para sobrevivir. Tal vez porque se rebeló contra el vasallaje de los señores feudales de la zona, esa actitud desafiante y libertaria hizo que fuera considerado de un valor sin límite. Y, como sucedió con el Gauchito Gil y con Altamirano, todos piragües, es decir colorados, los estandartes, claveles, cintas y elementos de culto con que le rinden homenaje y se adornan los santuarios, son rojos. Por su filiación autonomista. Claro que también existen "santos celestes", del Partido Liberal, como Francisco José López en la zona de Esquina. Pero en el caso de Lega, era colorado y fue en uno de esos confusos episodios de comité cuando mató a un hombre. Poco después, en un duelo criollo, dio muerte a otro gaucho, a quien llamaban Poncho Café.

Fue apresado en Curuzú Laurel, entre San Miguel y Loreto, enviado a los Tribunales de Corrientes y sentenciado a cadena perpetua. En la cárcel se relacionó con Aparicio Altamirano y con Adolfo Silva. Los tres se volvieron inseparables hasta que, un martes de carnaval de 1904, huyeron aprovechando una fuga masiva de presos. Al poco tiempo se les atribuía, entre otros delitos, el de asaltar una estancia, asesinar al propietario, su esposa e hijos, y colgar sus cabezas del alambrado. Y así continuaron sus días, en estado de rebeldía. Fueron épocas de corridas y dicen que de transmutaciones, a la sombra y al reparo de los quebrachales y de los pastos que bordean los esteros. Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraní. Puede que no hayan sido pocas las veces en que se lo vio, convertido en un yaguareté que va olisqueando los alrededores en busca de la presa y con sed de venganza, mientras atraviesa el bosque húmedo y las palmeras de Yatay, en las cercanías de Saladas, Concepción, San Roque y Mburucyá, propiciando igual que siempre lo que está a su alcance para ayudar a la gente.



En cuanto al amor, Lega tampoco se quedó corto con la leyenda y el romanticismo. Un atardecer, amparado por las sombras y el canto de los primeros pájaros nocturnos, dejó su caballo detrás de la casa de un tal Lafuente, oficial primero de policía, y como un yaguareté que ha tomado las mañas de su perseguidor, un cazador de aguada, esperó que el oficial vaciara la botella de ginebra y, sólo cuando notó que la autoridad se había dormido, Olegario sigilosamente fue al rescate de su novia, Ángela Alegre. La muchacha permanecía recluida desde que Lega escapó de la cárcel. La sola sonrisa y el beso de Ángela justificaron la imprudencia de acercarse de nuevo a Saladas, donde era buscado y fácilmente reconocible. Dicen que Ángela se quedó junto a él hasta el mismito momento, el 2 mayo de 1906, en que una partida policial terminó con la vida de Olegario Álvarez, y también con la de Adolfo Silva, en el paraje denominado Juru'i, en Rincón de Luna. Aparicio Altamirano pudo escapar y fue muerto en 1932.

Muy de a poco sus andanzas se volvieron parte de la mitología guaraní.

Leguita, con apenas 35 años fue acribillado a balazos por la Policía, que dio cuenta de su muerte con gran alarde. Como contrapartida, de inmediato Lega renació como mártir legendario y gaucho milagroso. La imaginación pueblerina fue dando fe de sus milagros. Los motivos para su devoción empiezan justamente ese día, porque cuando la Policía bajó el cadáver, atado al caballo, el cuerpo emitió unos quejidos, tal vez por el aire aún en los pulmones y expulsado, o tal vez porque así estaba escrito. Se dijo que aún estaba vivo. En el patio de la comisaría, sólo después del largo traslado de su cuerpo a lomo de caballo, le quitaron el Kurundu, un amuleto con forma de campana confeccionado por el abá payé (hechicero). Según cuenta la leyenda guaraní, gracias al payé y pese a haber sufrido heridas de gravedad en muchas ocasiones, Lega no moriría hasta que se lo quitaran. Él mismo, dicen, pidió a sus captores que se lo sacaran para poder morir en paz. Lo que no les dijo era en qué momento lanzaría su último aliento.

Todos los lunes la tumba de Lega en cementerio de la Saladas es visitada por los creyentes. La tumba está pintada de rojo con una sola inscripción "O.A. 2 de mayo de 1906 a los 35 años". Los visitantes tienen también alguna prenda roja y depositan ofrendas, prenden velas de raros formatos. Las cintas pueden ser tomadas siempre que se las reponga: tienen poder para curar enfermedades y aliviar dolores. En sus extremos llevan bordadas las iniciales "O.A."





CEMENTERIO SAN FRANCISCO DE ASÍS, DONDE DECANSAN LOS RESTOS DE OLEGARIO ÁLVAREZ


Anoche soñe con Lega
y no fué un sueño nomás.
a´i potá ojeka el silencio
amonbeú háguá che verdad.

Algunos lo llaman gaucho
pero el fue mucho más
con la sencillez del pobre
procuró la paz social.

Letra: Manuel Ibarra- Noemí Godoy
Música: Gicela Méndez Ribeiro



Saladas, está ubicado en Corrientes y tiene el privilegio de contar entre sus leyendas a dos personajes únicos: el Sargento Cabral y el Gaucho Lega. La historia del primero es muy conocida, pero la segunda no tanto.
El Gaucho Lega era un bandido rural, uno de esos que robaban a los ricos para repartir entre la gente pobre del lugar. Así, entre sus botines podía encontrarse: dinero, monedas y hasta lingotes de oro. Vivía en las entrañas de la tierra, y lo digo literalmente, ya que dormía bajo lo recovecos de un tremendo ombú. Su vida errante y marginal lo llevaron a ser perseguido por la milicia. Después de un tiempo, el Gaucho Lega fue atrapado por los representantes de la ley. Entonces, fue asesinado y colgado de un árbol. Los soldados de la milicada tenían que pasar y cortarle una parte de su cuerpo.
Sin embargo, después de que fuera colocado en un hermoso nicho, los ciudadanos comenzaron a rendirle homenaje: le encendían velas y le rezaban oraciones, pidiéndole favores como si fuera un santo.
Esta historia me llegó a través de los distintos relatos que se fueron sucediendo a lo largo del tiempo. Supongo que esta historia seguirá su recorrido, vaya a saber hasta donde…
Se llamaba Olegario Álvarez, nacio en Saladas en 1871 y era un temido matrero, hábil como ninguno con el cuchillo. Si alguna vez cayo preso, logró escapar de la penitenciaria y desde entonces no solo vivió escapando sino que armo una gavilla de matreros que se hicieron famosos en la región, donde también era conocido Aparicio Altamirano, también gaucho y luego santo.
Dicen que eran tan bravos que hasta la policía le tenia miedo, pero la gente pobre los ayudaba porque el hacia cualquier sacrificio por ellos. Dicen que nadie lo vencía porque tenia en su poder un antiguo amuleto de las tribus guaraníes, hecho especialmente por un ¨abá payé¨ (hechicero). Tanto es así que la leyenda cuenta que cuando lo arrinconaron entre varios, a pesar de los tiros que le dieron. El Lega no podía morir, y por eso tuvo que pedirles a sus captores que le arrancaran el amuleto del cuello, para poder descansar en paz.
Su cadáver fue sepultado en el actual cementerio de Saladas (Corrientes). La gente visita su tumba llevándole, velas, flores. ¨ paños ¨ colorados para que el alma en pena seque sus lagrimas. Dicen que además de curar enfermedades, este gaucho da suerte en los juegos de azar.





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