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Cuatro siglos de vida
Lunes, 07 de diciembre de 2015
Itatí: un pueblo que nació de la cultura guaraní y la devoción mariana
La localidad celebra hoy su fundación. Feligreses y autoridades de diferentes lugares estarán presentes en la misa de acción de gracias.

La eta­pa de la con­quis­ta y lue­go la co­lo­nial do­ta­ron a Ita­tí de un pro­fun­do sen­ti­do de iden­ti­dad li­ga­do a la fe y a la de­vo­ción por Ma­ría de Ita­tí, al­go que no so­lo per­du­ró en el tiem­po, si­no que fue cre­cien­do has­ta con­ver­tir­se en un ver­da­de­ro fe­nó­me­no en la re­gión. Pe­ro, mu­chos he­chos se su­ce­die­ron, al­gu­nos li­ga­dos a la vi­da re­li­gio­sa, y otra a la po­lí­ti­ca y so­cial de ese pue­blo cua­tri­cen­te­na­rio.
Tras la di­so­lu­ción del Ca­bil­do en 1825, lle­ga­ron tiem­pos don­de el lu­gar se trans­for­mó en un “pue­blo de blan­cos”, y los gua­ra­ní­es y sus des­cen­dien­tes per­die­ron su par­ti­ci­pa­ción po­lí­ti­ca y so­cial que ha­bí­an te­ni­do has­ta en­ton­ces.
Se­gún el his­to­ria­dor Gas­par Bo­nas­tre, “no hay en la vi­da del pue­blo acon­te­ci­mien­to his­tó­ri­co más dig­no de re­cor­da­ción que el 4 de oc­tu­bre de 1849, ya que la Re­vo­lu­ción Ita­tia­na de en­ton­ces fue epi­so­dio des­ti­na­do a una re­per­cu­sión de lar­gos al­can­ces. La re­vo­lu­ción en­ca­be­za­da por uno de los más bri­llan­tes y te­me­ra­rios sol­da­dos que la pro­vin­cia de Co­rrien­tes brin­dó a la Na­ción, el ita­tia­no Ma­nuel An­to­nio Va­lle­jos, sir­vió pa­ra en­cen­der es­pe­ran­zas en la ciu­da­da­nía co­rren­ti­na la más an­ti­rro­sis­ta de to­do el pa­ís que, con­tra to­dos sus sen­ti­mien­tos, con­ta­ba con un ro­sis­ta en el si­llón de los go­ber­na­do­res”, re­la­ta Bo­nas­tre en su li­bro “Vie­jo Ita­tí”.

LA VIRGEN ESPERA A LOS PEREGRINOS EN LA BASÍLICA.
LA VIRGEN ESPERA A LOS PEREGRINOS EN LA BASÍLICA.

“Se opo­ní­an al go­bier­no de Ro­sas, y se le­van­tan con­tra el go­bier­no de los Vi­ra­so­ro. Se ade­lan­tan a lo que su­ce­de­ría más ade­lan­te, con la ca­í­da del go­bier­no. Pe­ro, el go­bier­no de la pro­vin­cia man­dó al ejér­ci­to, y los re­vo­lu­cio­na­rios ita­te­ños tu­vie­ron que huir des­pa­vo­ri­dos a Pa­ra­guay”, des­cri­bió en diá­lo­go con épo­ca el his­to­ria­dor (tam­bién ita­te­ño) Fer­nan­do Gon­zá­lez Az­co­a­ga.
“Quien se que­dó fue fu­si­la­do o ahor­ca­do, co­mo el ma­es­tro de es­cue­la Be­nig­no Ga­ray, quien por ser ma­es­tro re­dac­tó la pro­cla­ma re­vo­lu­cio­na­ria en el que se que­ja­ban de abu­sos e im­po­si­cio­nes del es­ti­lo dic­ta­to­rial ro­sis­ta”, na­rró.
“Ma­nuel Va­lle­jos con­si­guió sal­var su vi­da al cru­zar a Pa­ra­guay. Pe­ro otros no tu­vie­ron tan­ta suer­te. Sus cuer­pos fue­ron ex­hi­bi­dos en las pla­zas pú­bli­cas de San Luis del Pal­mar, San Cos­me y el (en­ton­ces) Par­que de la Ba­te­ría (par­que Mi­tre), pa­ra una “vin­dic­ta pú­bli­ca”. Es de­cir, que sir­vie­ra de es­car­mien­to”, re­la­tó.
Lue­go, en otra eta­pa de la his­to­ria, otro le­van­ta­mien­to en­fren­ta­ría a ba­la­zos y ti­ro­te­os a au­to­no­mis­tas y li­be­ra­les por la co­man­dan­cia del pue­blo.

Éxo­do Ita­te­ño
La gue­rra del Pa­ra­guay tam­po­co le fue aje­na a Ita­tí. Co­rría fe­bre­ro del 1866, ca­si un año des­pués de la in­va­sión a la Ca­pi­tal co­rren­ti­na, que fe eva­cua­da en oc­tu­bre del año an­te­rior. Lue­go, ocu­pan Pa­so de la Pa­tria, y la no­ti­cia de que lle­ga­ban a Ita­tí con­mo­cio­nó la ciu­dad.
El en­ton­ces co­man­dan­te mi­li­tar Ma­nuel Se­ra­pio Sán­chez re­ci­be ins­truc­cio­nes de “no in­ten­tar re­sis­tir­se”, y so­lo que­da re­ti­rar­se del pue­blo. To­dos los ha­bi­tan­tes (la Vir­gen in­clui­da) de­bí­an de­jar las vi­vien­das y re­fu­giar­se.
Un cam­po de la fa­mi­lia Ma­yol fue el lu­gar al que se tras­la­da­ron, y una ha­bi­ta­ción de la es­tan­cia se con­vir­tió en ora­to­rio pa­ra en­tro­ni­zar a la Vir­gen, en un lu­gar cer­ca­no a Ra­ma­da Pa­so.
“El cu­ra no que­ría ir­se, y lo me­tie­ron pre­so los pa­ra­gua­yos”, re­la­tó Gon­zá­lez Az­co­a­ga.
Aun­que no es­tu­vie­ron mu­cho tiem­po, el des­tro­zo fue gran­de. Unas cien fa­mi­lias se vie­ron obli­ga­das a emi­grar tras la in­va­sión por ha­ber que­da­do en la ab­so­lu­ta mi­se­ria por los pi­lla­jes y ac­tos van­dá­li­cos de aque­lla ocu­pa­ción.

Co­ro­na­ción pon­ti­fi­cia y el ro­bo mis­te­rio­so
Fue lla­ma­da “La Con­quis­ta­do­ra”, en al­gu­nos mo­men­tos sus po­bla­do­res tam­bién se re­fe­rí­an a ella co­mo “La Viu­da”, la ma­dre mi­la­gro­sa, la Vir­gen de Ita­tí, a quien le atri­bu­yen ade­más la elec­ción del lu­gar so­bre el cual se asen­tó el pue­blo en 1618, fue re­co­no­ci­da por el Va­ti­ca­no en el 1900. Y co­ro­na­da.
Pe­ro la ce­re­mo­nia no fue en Ita­tí, y eso cau­só un re­vue­lo en el pue­blo, si­no en el tem­plo de la Cruz de los Mi­la­gros, en la ca­pi­tal co­rren­ti­na, el 16 de ju­lio del 1900.

LA BASÍLICA COMENZÓ A CONSTRUIRSE EN 1938, AUNQUE EL PROYECTO ORIGINAL ERA OTRO.
LA BASÍLICA COMENZÓ A CONSTRUIRSE EN 1938, AUNQUE EL PROYECTO ORIGINAL ERA OTRO.

Mon­se­ñor Ro­sen­do de la Las­tra y Gor­di­llo, Obis­po de Pa­ra­ná, de­bía con­cu­rrir a un Con­ci­lio que se ce­le­bra­ría en Ro­ma en 1899. Allí ges­tio­nó la co­ro­na­ción ca­nó­ni­ca, que le fue con­ce­di­da. Pa­ra eso, se con­for­mó una co­mi­sión de dis­tin­gui­das da­mas, que se de­di­ca­ron a ges­tio­nar y re­ci­bir do­na­cio­nes de pie­dras pre­cio­sas, oro y ob­je­tos de va­lor, con los cua­les se fa­bri­ca­ría la co­ro­na, que fue ben­de­ci­da por Le­ón XIII.
Se­gún re­la­ta Gas­par Bo­nas­tre, la ca­ren­cia de alo­ja­mien­tos su­fi­cien­tes en Ita­tí pa­ra el acon­te­ci­mien­to que se­ría mul­ti­tu­di­na­rio, la co­mi­sión re­sol­vió pe­dir que el ac­to se re­a­li­za­ra en la Ca­pi­tal, lo cual de­sa­tó el dis­gus­to des­de la lo­ca­li­dad, don­de in­clu­so se jun­ta­ron más de 900 fir­mas pa­ra opo­ner­se a la de­ci­sión. Fi­nal­men­te la ce­re­mo­nia se re­a­li­zó en la igle­sia de La Cruz, y asis­tie­ron obis­pos de to­do el pa­ís pa­ra la co­ro­na­ción, que se dio en un mar­co de re­pi­que de cam­pa­nas y sal­va de ca­ño­na­zos. El en­ton­ces te­a­tro mu­ni­ci­pal (don­de aho­ra es­tá el Juan de Ve­ra), fue el lu­gar pa­ra las ce­le­bra­cio­nes so­cia­les del even­to.
En ese con­tex­to se es­tre­na­ron los him­nos a la Vir­gen de Ita­tí, uno de ellos es­cri­to por el pa­dre Es­te­ban Ba­jac, y no es otra que esa can­ción que los co­rren­ti­nos y pe­re­gri­nos de la Vir­gen aún le de­di­can: “Los him­nos más dul­ces que el pe­cho ate­so­ra/ que­re­mos ¡Se­ño­ra! can­tar­los a tí. / Que tier­na es­co­gis­te con ojos cle­men­tes, por rei­no Co­rrien­tes, por tro­no Ita­tí”.

El ro­bo de la co­ro­na
En la ma­dru­ga­da del 28 de no­viem­bre de 1902, la co­ro­na de la Vir­gen de­sa­pa­re­ció, y el es­cán­da­lo re­so­nó en los me­dios de to­do el pa­ís. Nun­ca se su­po re­al­men­te qué su­ce­dió, aun­que los re­la­tos de la épo­ca el he­cho no era ex­tra­ño a las au­to­ri­da­des ecle­siás­ti­cas.
Ese mis­mo dí­a, el Juez del Cri­men Eli­seo Cas­te­lla­nos se em­bar­có rum­bo a Ita­tí, pa­ra in­ves­ti­gar el cri­men, aun­que sin ma­yo­res re­sul­ta­dos. Y lue­go se en­vió un in­ves­ti­ga­dor de la po­li­cía de Bue­nos Ai­res pa­ra ocu­par­se del ca­so.

LOS VITRALES SE COLOCARON EN 1974.
LOS VITRALES SE COLOCARON EN 1974.

Des­de el prin­ci­pio, se cre­ía que el la­drón co­no­ce­ría el lu­gar, pues­to que de­jó pie­dras fal­sas y so­lo se lle­vó lo va­lio­so. A fi­nes de di­ciem­bre fue lle­va­do pre­so el cu­ra de Ita­tí, Lu­do­vi­co Ber­ta­gag­ni, y el per­so­nal del san­tua­rio. En ene­ro de 1903 al­gu­nas jo­yas apa­re­cen cer­ca del rí­o.
En un mo­men­to, la igle­sia de Ita­tí se que­dó sin au­to­ri­da­des, ya que fue­ron re­ti­ra­das por el Obis­po.
Al­gu­nas ver­sio­nes de la épo­ca sos­tu­vie­ron que se tra­tó de una ma­nio­bra po­lí­ti­ca con­tra el cu­ra. Se­gún el his­to­ria­dor Bo­nas­tre, el in­ves­ti­ga­dor (La­guar­da) di­jo te­ner cer­te­za de quién fue el au­tor del ro­bo, pe­ro al con­sul­tar con el go­ber­na­dor Jo­sé Ra­fa­el Gó­mez se re­sol­vió no dar a co­no­cer de­ta­lles.
Dos años des­pués del de­li­to, la jo­ya fue ha­lla­da a ori­llas del rí­o. Des­pués de en­go­rro­sos trá­mi­tes ju­di­cia­les (se lle­gó a alla­nar el Obis­pa­do de Pa­ra­ná), la co­ro­na vol­vió a ce­ñir las sie­nes de la Vir­gen, que fue re­co­no­ra­da en 1908. El anó­ni­mo ro­bo de la co­ro­na per­sis­te co­mo un mis­te­rio.

San­tua­rios
An­tes de la ba­sí­li­ca, Ita­tí tu­vo va­rios san­tua­rios pa­ra al­ber­gar a la ima­gen sa­gra­da de la Vir­gen. Y aun­que hu­bo pro­yec­tos an­te­rio­res de cons­truir un gran tem­plo -­pensado con un es­ti­lo ar­qui­tec­tó­ni­co to­tal­men­te di­fe­ren­te al que lue­go se erigió-­ los im­pul­so­res mu­rie­ron an­tes de con­cre­tar la obra.
Re­cién en 1938 se co­lo­có la pie­dra fun­da­men­tal, y las obras du­ra­ron unos 12 años.
Mu­chos de los po­bla­do­res más an­ti­guos de Ita­tí aún re­cuer­dan esos tiem­pos.
El edi­fi­cio “es si­mi­lar a mu­chos otros de Eu­ro­pa, pues­to que sus ar­qui­tec­tos fue­ron ita­lia­nos, y tie­ne de­ta­lles que se pue­den en­con­trar por ejem­plo en el Va­ti­ca­no”, ex­pli­có a épo­ca Fer­nan­do Gon­zá­lez Az­co­a­ga. Su cons­truc­ción, ma­jes­tuo­sa, no la con­vir­tió sin em­bar­go en ba­sí­li­ca. “No es por sus di­men­sio­nes, es una de­cla­ra­ción ofi­cial de la Igle­sia lo que la co­lo­ca en esa ca­te­go­rí­a”, en­fa­ti­zó el his­to­ria­dor.
Ta­les son so­lo al­gu­nas pos­ta­les de la ri­quí­si­ma his­to­ria de un pue­blo li­ga­do a la iden­ti­dad co­rren­ti­na y a la fe que cum­ple hoy sus 400 años, y que al­ber­ga a la Ma­dre y Pa­tro­na de los co­rren­ti­nos.



De apellidos, cultura y romances de la Itatí del nuevo siglo

En­tra­do el 1900, la vi­da so­cial y cul­tu­ral de Ita­tí es vi­go­ro­sa. En­tre la mi­tad del 1800 ha­cia ade­lan­te, los cam­bios so­cia­les y el for­ta­le­ci­mien­to de la iden­ti­dad de la lo­ca­li­dad fue com­pues­ta por hom­bres y mu­je­res que de­ja­ron su hue­lla en el pa­so del tiem­po, y que épo­ca qui­so com­pi­lar, aun­que fue­ra so­lo en al­gu­nos re­la­tos. Ade­más de la es­cue­la pro­vin­cial, en lo que se ha­bía con­ver­ti­do la es­cue­la cre­a­da por los fran­cis­ca­nos, se crea una es­cue­la pa­rro­quial a car­go de los mon­jes be­ne­dic­ti­nos (que re­em­pla­zan a los de la pri­me­ra or­den). En 1918 apa­re­ce la pri­me­ra es­cue­la Na­cio­nal de la Ley Lai­nez, y los ma­es­tros son con­tra­ta­dos por con­cur­so y de­bí­an te­ner tí­tu­lo de ma­es­tro nor­mal na­cio­nal. Se con­for­ma así “un mo­sai­co” que da es­pa­cio a la vi­da se­cu­lar tan­to co­mo lai­ca, y sur­gen los clu­bes, co­mo el So­cial, el Spor­ti­vo, y has­ta un Te­nis Club, que tie­ne so­cios y vi­da ins­ti­tu­cio­nal pe­ro don­de na­die prac­ti­ca­ba ese de­por­te.
Las fa­mi­lias más en­cum­bra­das eran los Ve­do­ya, los Me­di­na, los Ma­yol y los Nie­lla, quie­nes van em­pa­ren­tán­do­se en­tre ellos. Y la lle­ga­da de los bar­cos al mue­lle fa­vo­re­ce la vi­da so­cial, las reu­nio­nes, fies­tas y car­na­va­les. A la ca­sa de los Ve­do­ya lle­gó el pri­mer pia­no, y ha­bía tam­bién gra­mó­fo­nos, don­de so­na­ban pol­cas y tan­gos.
“Los des­cen­dien­tes de abo­rí­ge­nes no se mez­cla­ban con los ‘es­pa­ño­les‘, a quie­nes se lla­ma­ba así aun­que fue­ran crio­llos. Los in­dios re­du­ci­dos sin em­bar­go man­tu­vie­ron sus ape­lli­dos, aun­que se vie­ron re­du­ci­dos a una con­di­ción ser­vil. Al­gu­nos de aque­llos ape­lli­dos aún per­du­ran en su des­cen­den­cia, co­mo Pa­chué, Ara­rí, Gua­re­co­tá o Gue­rí. Fue­ron bau­ti­za­dos por los fran­cis­ca­nos con nom­bres es­pa­ño­les pe­ro con­ser­va­ron sus ape­lli­dos, al me­nos has­ta 1850, cuan­do un sa­cer­do­te de­ci­dió ‘es­pa­ño­li­zar‘ y cam­biar­los por otros co­mo Pé­rez o Gon­zá­lez, por su­pues­to in­ven­ta­dos”, re­la­tó Gon­zá­lez Az­co­a­ga, di­rec­tor del Mu­seo His­tó­ri­co, a dia­rio épo­ca. Quie­nes se re­sis­tie­ron a la “con­ver­sión” de ape­lli­dos fue­ron va­rios.
Otro re­la­to, muy po­co co­no­ci­do, se te­je en tor­no a Mel­cho­ra Ca­bu­rú, la mu­jer del co­man­dan­te An­dre­si­to. “Le de­cí­an la chi­na ru­bia, por­que a pe­sar de su ori­gen gua­ra­ní, era ru­bia de ojos cla­ros”, con­tó Gon­zá­lez Az­co­a­ga. Lo cier­to es que a Mel­cho­ra la ha­bí­an re­ci­bi­do en la ca­pi­tal co­rren­ti­na, y pron­to se ga­nó la sim­pa­tía de la so­cie­dad, ya que la des­cri­bie­ron co­mo “a­fa­ble” y se­gún las sem­blan­zas, bas­tan­te sim­pá­ti­ca. Allí, le or­ga­ni­za­ron un bai­le en su ho­nor. “Cuan­do An­dre­si­to se en­te­ró, se pu­so fu­rio­so de ce­los. Y tras pro­pi­nar­le una pa­li­za a la mu­jer, y eno­jar­se con to­dos los que or­ga­ni­za­ron el bai­le, la aban­do­nó y se fue”, apun­tó el his­to­ria­dor. Lo que no es tan co­no­ci­do es que ella de­ci­dió ra­di­car­se en ita­tí, y con el tiem­po se ca­só con Juan An­to­nio Gue­rí, uno de los ca­bil­dan­tes in­dí­ge­nas que lle­gó a ser di­pu­ta­do.